Érase una vez, en un reino donde los problemas se resolvían más con espadas que con terapia, apareció un dragón con muy malas pulgas. El bicho no solo escupía fuego, sino que además tenía una dieta bastante cuestionable: exigía sacrificios humanos para no arrasar el pueblo.
Como en toda buena historia medieval, alguien tuvo la brillante idea de hacer un sorteo. Sí, un sorteo. Y la mala suerte quiso que la elegida fuera la princesa. Drama máximo.
Justo cuando todo parecía perdido (y el dragón ya se relamía), apareció Sant Jordi: caballero, valiente y con una clara habilidad para llegar en el momento justo. Sin demasiados rodeos, se plantó delante del dragón y, en lugar de negociar o huir, decidió hacer lo que mejor sabía: luchar.
Tras un combate épico (o al menos eso cuentan), Sant Jordi venció al dragón de una vez por todas. Y aquí viene el giro bonito de la historia: de la sangre del dragón brotó una rosa roja. El caballero la recogió y se la regaló a la princesa. Mucho más elegante que llegar con las manos vacías, la verdad.
Desde entonces, la leyenda se convirtió en tradición. Cada 23 de abril, en Cataluña y otros lugares, se celebra el amor y la cultura regalando rosas y libros. Porque si algo nos enseña esta historia es que, a veces, de los momentos más complicados pueden salir cosas bonitas… y que regalar una rosa siempre suma puntos.
Y así, entre dragones, valentía y un toque de romanticismo, nació una de las leyendas más queridas.





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